Al leer y reflexionar sobre los hechos que rodearon a las elecciones generales de febrero de 1936, resulta inevitable sorprenderse por lo mal que se enseña la historia en los colegios españoles. A la mayoría de estudiantes se les transmite la idea de que estos comicios fueron una victoria limpia y legítima del Frente Popular, ocultando las múltiples irregularidades, la violencia y la manipulación que marcaron tanto la campaña como el resultado final. Comprender esta realidad es imprescindible para explicar cómo la República se convirtió en un régimen fallido y por qué España se encaminó hacia la guerra civil.
La enseñanza sesgada de la historia en España
La Segunda República suele presentarse en los manuales como un proyecto modernizador, truncado por la conspiración de la derecha reaccionaria. Sin embargo, esta visión parcial omite datos esenciales: la presión de las masas en la calle, la violencia política alentada por dirigentes socialistas y comunistas, y el fraude electoral de 1936. El relato oficial reduce la complejidad histórica a una lucha entre “progreso” y “reacción”, ignorando que quienes se decían defensores de la democracia se comportaron con métodos autoritarios y revolucionarios.
Franco y la prudencia militar durante el bienio de Lerroux
Es revelador recordar que, durante el bienio radical-cedista, el general Fanjul pidió a Francisco Franco que apoyara una intervención militar para frenar la agitación social provocada por la izquierda. Franco, sin embargo, se negó en rotundo, insistiendo en que mientras existieran cauces legales el Ejército debía mantenerse al margen de la política. Este episodio desmiente la caricatura de un Franco conspirador desde el inicio: en 1934 y 1935 su posición fue de prudencia y respeto al orden constitucional.

La Revolución de Asturias de 1934: un golpe de Estado de la izquierda
La mayor prueba de que la izquierda no aceptaba las reglas del juego democrático se dio en octubre de 1934. El simple hecho de que Alejandro Lerroux incluyera a tres ministros de la CEDA en su gobierno bastó para que el PSOE promoviera un auténtico golpe de Estado: la Revolución de Asturias. Durante semanas, grupos armados tomaron cuarteles, asesinaron a religiosos y a civiles, y declararon abiertamente que no aceptarían la entrada de la derecha en el poder. Aquella insurrección dejó miles de muertos y heridos, demostrando que el socialismo veía la República no como un marco de convivencia, sino como un patrimonio exclusivo suyo.
Dimisiones reveladoras: Maldonado y Andreu
Los propios mecanismos institucionales estaban siendo corroídos desde dentro. José Maldonado, alcalde de Toledo dimitió al negarse a abrir un expediente contra José María Gil Robles por haber criticado al presidente de la República, Niceto Alcalá Zamora. Su dimisión reflejó cómo se pretendía utilizar la maquinaria del Estado para acallar a la oposición política.
En Cuenca, José Andreu también renunció tras negarse a manipular las gestoras municipales en los pueblos donde había vencido la derecha en 1933. El objetivo era preparar las elecciones de 1936 sustituyendo autoridades legítimas por afines al Frente Popular. Estos episodios muestran que la neutralidad institucional estaba rota mucho antes de la votación.
La violencia verbal y física de la izquierda
El clima de confrontación quedó patente en un mitin de Largo Caballero, quien proclamó sin ambages:
“Queremos decir a los elementos de derecha que, si triunfamos en las elecciones, cumpliremos nuestro deber con los aliados y continuaremos nuestro camino en defensa de nuestros ideales (…) pero si triunfan las derechas tendremos que ir forzosamente a la guerra civil.”
No era una metáfora: durante los meses previos y posteriores a los comicios, la violencia política se intensificó. Milicianos y simpatizantes de la izquierda protagonizaron asesinatos de opositores, asaltos a sedes de partidos conservadores y ataques a iglesias. El terror se convirtió en un instrumento cotidiano de movilización y de intimidación.
Cambio de gobierno antes de conocer los resultados
Uno de los hechos más graves de aquel febrero de 1936 fue que el gobierno de Portela Valladares dimitió antes de que se conocieran los resultados oficiales. La presión de la calle y las amenazas de huelga general impulsadas por los partidos del Frente Popular forzaron un traspaso inmediato del poder. El mensaje era claro: si los resultados no favorecían a la izquierda, habría movilizaciones y caos. El principio de legalidad quedó roto, y con él, la confianza en la República.
Ejemplos de manipulación: el caso de Alcaudete
El fraude electoral no fue abstracto, sino perfectamente visible en casos concretos. En Alcaudete (Jaén), la derecha había vencido en 1933. Sin embargo, en 1936 los resultados oficiales otorgaron 599 votos al Frente Popular y 0 a la derecha. Resultados estadísticamente imposibles, que evidencian la manipulación de actas y la presión sobre las mesas electorales. Situaciones similares se repitieron en diversas circunscripciones, alterando el equilibrio real de fuerzas y otorgando al Frente Popular una mayoría ficticia. Hechos como este de Alcaudete sucedieron a lo largo y ancho de España, casualmente siempre en favor del Frente Popular.
La República patrimonializada por la izquierda
La Segunda República fracasó porque la izquierda intentó patrimonializarla, negándose a aceptar la alternancia democrática. La Revolución de Asturias de 1934 demostró que los socialistas preferían el camino de la violencia antes que admitir la presencia de la derecha en el gobierno. La campaña de 1936 estuvo marcada por asesinatos, amenazas y fraude electoral, y el Frente Popular tomó el poder antes de que se conocieran los resultados oficiales.
La consecuencia fue que las instituciones quedaron desacreditadas y la convivencia se tornó imposible. En ese contexto, la revuelta de parte del Ejército, encabezada por el jefe del Estado Mayor Francisco Franco, no fue un capricho, sino la respuesta —acaso inevitable— a un régimen que ya no garantizaba ni la legalidad ni la vida de quienes no pensaban como la izquierda. La guerra civil, lejos de ser fruto exclusivo de una conspiración derechista, fue la consecuencia directa del comportamiento de quienes transformaron la República en un instrumento partidista y sectario.