Los minutos iban pasando y Nathan cada vez tenía más frío. Poco a poco, él notaba cómo sus ojos pesaban más y cómo el sueño le empezaba a abrazar. Y mientras él luchaba por no quedarse dormido, escuchó un ruido que lo activó de golpe.
Entre unos arbustos que tenía a su izquierda, escuchó un ruido suave, metálico y rítmico. Y con una ligera esperanza de encontrar la oveja, se levantó y se acercó temerosamente hacia el lugar de donde provenía el ruido. Y cuando estaba justo delante del matojo, escuchó una voz justo detrás suyo que decía:
—Muchacho, ¿qué haces aquí solo?
Nathan se giró inmediatamente. Se trataba de un viejo pastor que vestía con unas prendas desgastadas de lana y se apoyaba en un bastón que, pese a parecer antiguo, se veía robusto.
Nathan, asustado y después de analizar con la mirada varias veces al desconocido, dijo:
—Me he perdido. Estaba buscando mi oveja y ahora no sé dónde estoy.
El viejo pastor lo miró con cariño y le dijo:
—Pues mira tú por dónde que justo yo estaba buscando la mía.
El viejo pastor hizo un silbido corto y seco y, de detrás de la mata, salió una pequeña oveja que tenía un cencerro colgando del cuello. Nathan, tímido, se quedó callado. Pero el silencio que se formó lo rompió de nuevo el viejo pastor, diciendo:
—Pareces cansado y sediento. ¿Por qué no me acompañas a mi pequeño refugio y reposas un rato? Apenas acaba de anochecer y en esta época del año las noches son frías, oscuras y largas.
Nathan, sin pensárselo mucho, se limitó a asentir y le siguió.
Unos minutos después llegaron a la cabaña del pastor mayor. Pese a ser muy austera, la luz tenue anaranjada que provenía del fuego y de alguna vela que tenía encendida hacía de aquel lugar un sitio realmente cálido.
—Toma asiento y reposa un momento —sugirió el viejo pastor.
Nathan se acomodó en un rincón con paja y hojas secas cerca del fuego.
—Por cierto, no me he presentado aún. Mi nombre es Elíab. ¿Cómo te llamas tú?
—Nathan —respondió con algo de timidez.
—Bonito nombre —dijo Elíab lacónicamente.
Durante unos instantes el silencio volvió a la cabaña donde los dos pastores se encontraban. Nathan se quedó observando el fuego, que se hacía sentir como un alivio suave. Mientras pasaban los minutos, Nathan, gracias al calor que desprendía la chimenea y al agua ofrecida por Elíab y que había bebido lentamente, iba recuperando poco a poco las fuerzas y la claridad en los pensamientos. Súbitamente, recordó por qué estaba ahí. Y mientras seguía ensimismado por el fuego, Nathan lloró.
Elíab dejó que llorara. Y así pasaron los minutos. El viejo pastor se limitó a acompañar con su silencio y presencia al joven pastor, que veía que estaba exhausto y sobrepasado.
Pero poco a poco, el llanto se fue agotando, y el sonido del fuego crepitante empezó a cobrar protagonismo. Nathan se secó las lágrimas con la manga de su túnica. Y Elíab dijo:
—¿Sabes qué?
Nathan siguió con la mirada fija en el fuego.
—Yo no suelo perder mis ovejas. Pero qué casualidad que te haya encontrado mientras yo buscaba la mía.
Ante el silencio decidido de Nathan, Elíab preguntó:
—¿Es la primera vez que se te pierde una oveja?
Nathan, sin querer contestar, dijo:
—Sí… Nunca antes me había ocurrido.
—¿Y qué te ha dicho tu padre?
Nathan, con dolor, respondió:
—No he tenido el valor de decírselo. He huido. He pensado que… —empezó a decir, pero la voz se le quebró—. He pensado que se iba a enfadar mucho y que jamás me perdonaría.
En ese momento, Elíab dejó que el silencio volviese. Y cuando ya había asimilado las duras palabras de Nathan, volvió a preguntar:
—Dime, muchacho… cuando eras pequeño y te caías, ¿qué hacía tu padre?
Nathan parpadeó, sorprendido por la pregunta.
—Me… me levantaba —respondió tras pensarlo—. A veces me reñía, pero primero me miraba para ver si estaba bien.
Elíab asintió despacio y acabó:
—Un buen padre puede corregir, reñir e incluso equivocarse. Pero siempre ama.
Nathan finalmente levantó la vista, y con una frágil voz dijo:
—¿Pero a mí también? ¿Aunque haya perdido una oveja?
—Quien ama, no ama por lo bueno que sea uno. Se ama al imperfecto desde la imperfección —respondió Elíab.
Entonces, Nathan se llenó de algo que no sabía qué era. Como si un nudo grande que tuviera dentro de sí, durante tantos años, se desenredara súbitamente.
Elíab, sonriendo, le dijo:
—¿Por qué no pasas aquí la noche? Mañana te llevaré con tu familia, pero esta noche descansa aquí. Además, seguro que todos están preocupados por ti. Aunque, hablando de preocupaciones… estoy algo preocupado por mi hijo. Hace dos horas vino corriendo hacia mí y me dijo que debía irse con urgencia. ¿Te puedes creer que ha dejado las ovejas solas?
—¿Y por qué ha hecho esto?
—Dice que, mientras estaba con algún otro pastor, han visto una luz.
—¿Una luz? —dijo extrañado Nathan.
—Sí, y que además han oído una voz.
—¿Y qué decía?
—No lo sé, yo ya estoy un poco sordo.
—¿Y no le ha importado dejar las ovejas solas?
—Pues parece que no. A veces, cuando uno escucha una llamada así, la sigue.
Mientras Nathan procesaba todo lo que le había contado Elíab, este añadió:
—Bueno, ahora descansa. Que mañana te espera un largo día.
Y obedeciendo, Nathan se estiró en una cama de paja, y en paz, se durmió.