Comentaba el Filósofo en la Ética que el amigo es otro yo. Ampliando el contexto, puede entenderse por tal afirmación una extensión en el mundo de ti mismo, un alter ego con quien no solo compartes tus experiencias, sino que, más allá de eso, gozas como propias sus alegrías y padeces como tales sus desdichas.
Esta visión poética y, a la vez, profundamente aguda sobre la amistad sugiere que el amigo es aquel con quien, de alguna manera, forjas una alianza. Si el cariño y el afecto por el mismo suponen una implicación tan grande con la propia vida, resulta lógico querer participar de la vida del amigo con ciertos consejos que puedan ayudarle a cometer los mínimos errores posibles, o que al menos trate de aprender de ellos. Y para ello son necesarias dos cosas carentes en el mundo de hoy: implicación y criterio no sometido a la complacencia.
El pasado domingo asistimos no solo a un auténtico baño táctico y técnico propiciado por parte de la selección española a una Argentina que desde inicios del mundial mostraba —aunque con ciertos chispazos y destellos— más señales de vigor y de épica que de fútbol; presenciamos un escenario dantesco, y no me refiero a esta moda de otorgar el premio al campeón en una tarima sin ápice de estética futbolística en medio del campo, y no en las gradas como antaño. Tampoco me refiero a la conducta deleznable de los jugadores argentinos, que hace imposible su defensa hasta en simpatizantes de su historia y mística futbolística como yo. En absoluto por estas pequeñas curiosidades o anécdotas me atrevería a ofrecer un contenido escrito lo suficientemente interesante como para llenar las páginas de este artículo. Tristemente, lejos de eso, la noche del 19 de julio, que será recordada por muchos como aquella noche en la que España bordó su segunda estrella en el pecho, asistimos a un acontecimiento que sí que me parece relevante, y este no es otro que el de la ausencia del amigo.
Empezaban estas líneas con la vinculación del amigo con el otro yo. No obstante, en el caso del presidente de los Estados Unidos, mejor fuera que Aristóteles se hubiera pegado un tiro en el pie —o clavarse una flecha, por respetar la época— antes de escribir esas palabras, porque considerar la presencia de otro Trump en ese mismo recinto deportivo sería, poco menos que, algo realmente insoportable.
Con esto no pretendo buscarme ni seguidores ni detractores en causas políticas. Mi intención no es ni la de apoyar la causa palestina, ni la de defender los intereses proisraelíes; tampoco busco ganarme el cariño del pueblo venezolano o de tantos otros en los que los Estados Unidos han querido tomar partido.
Como ya hemos visto, el amigo es aquel baluarte que te sostiene en ciertos momentos, que te permite también encontrar, sobre todo en la infancia, un afecto más allá del de los padres. ¿Qué harían los padres sin los amigos de sus hijos? Sería algo insoportable, por ejemplo, tener que estar todo el rato bañándote y jugando a quién sabe qué en la piscina «calenturrona» del pueblo durante el largo agosto para acabar saliendo arrugado como una pasa…
Pues bien, tras la escena ridícula que evidenció las ansias de protagonismo y los delirios de grandeza que padece el magnate neoyorquino, queda demostrado que Trump encarna esa frase tan característica de toda adolescencia española de bien, aquel hiriente, icónico y repleto de inquina «cómprate un amigo».
Sin duda, el dinero no le supondría ningún inconveniente. El verdadero problema —pobre y mísero de él— sería encontrar a alguien dispuesto a ejercer de consejero sin temer su respuesta. Ese temor es precisamente lo que lo priva de la corrección fraterna que tanto necesita: la de alguien que le advierta, con mayor o menor tacto, que, como nos ocurre a todos, hay ocasiones en las que uno no pinta nada. Qué importante es saber dar un paso al lado. O, en el caso de algunos, quizá dos o tres.