El arte de la sobremesa

Hablar de la sobremesa nunca implica algo que se “hace” sino, más bien, como algo que se “da”. Esta debe concebirse como un don, como un regalo. Pero, jamás, como algo que nace de la voluntad humana. Lo único que puede hacer el hombre cuando esta acontece, es acogerla.
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Joan García Almeda

Es en la «liturgia del comer» donde, en un altar cubierto por un mantel blanco, nos reunimos varios a degustar el pan de cada día. Estos ritos que, llamamos comidas o cenas, los hemos celebrado centenares de veces y los conocemos a la perfección, aunque no haya dos iguales.

Sin embargo, hay otra ceremonia, propia de nuestro hacer, que se celebra también alrededor de una mesa. Y esta es la sobremesa. Un arte del que todos hemos sido coautores alguna vez, que, sin embargo, hay poco escrito sobre él.

¿Cómo explicar lo que es la sobremesa? Es ese instante donde, después de que el cuerpo haya sido alimentado, el espíritu empieza a hacerlo. Es, también, ese instante donde uno experimenta, de manera repentina, una unión, a través de una conversación, con otro y otros.

Hablar de la sobremesa nunca implica algo que se “hace” sino, más bien, como algo que se “da”. Esta debe concebirse como un don, como un regalo. Pero, jamás, como algo que nace de la voluntad humana. Lo único que puede hacer el hombre cuando esta acontece, es acogerla. Y cuando esto sucede es cuando uno puede quedarse contemplando tal regalo. Algo tan bello que, nos quedamos absortos, olvidando la hora, y aceptando que se enfríe el café, con tal de no romper la magia del momento.

Uno puede decidir dónde sentarse, pero nunca cuándo ni con quién disfrutar de una buena sobremesa. Con el de al lado, con el de enfrente, con el que está en la otra punta o incluso todos a la vez. De hecho, en una boda, no sería raro que se diera este bello misterio con alguno con el que no has compartido mesa durante el comer, pero que, mientras todos se dirigen al baile nupcial, aparece a tu lado y empieza a charlar.

Durante la sobremesa se habla de lo humano y de lo divino. A veces se discute. Pero siempre se hace en comunión con el otro. Es en esa común-unión donde, uno se entrega y contribuye a algo que es mayor que uno mismo. Porque ya no se trata de uno u otro, sino de una nueva creación que nace de ese encuentro.

Lo fascinante de las sobremesas es que por muy buena o mala que estuviera la comida o por muy emblemático que fuera o no el lugar, lo que realmente uno acaba recordando siempre es la propia sobremesa. Y es ahí, cuando nos damos cuenta de cómo este asombroso misterio no es otra cosa que un guiño del cielo. Un recordatorio de lo que es la vida eterna: contemplar eternamente en comunión, el amor.

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