Nathan era un joven pastorcillo de una pequeña aldea de Judá. Tenía 7 hermanos y él era el benjamín. Nathan había crecido en una familia que, a pesar de vivir de manera austera, el amor y la comunión siempre habían reinado en ella. Pero a pesar de esto, el joven Nathan siempre había pensado que él no tenía hueco en su familia. Sus hermanos mayores le hacían sentir desplazado y cuando se sentaban a comer, pensaba que él no podía aportar nada útil a las conversaciones. Y en ocasiones, cuando sus hermanos hablaban, Nathan bajaba la mirada y jugueteaba con la punta de su túnica, temeroso de interrumpir.
Nathan también era muy despistado. A menudo olvidaba los encargos de sus padres y, cuando le preguntaban algo, se quedaba ensimismado sin dar respuesta. Y esto, en muchas ocasiones, era motivo de burla de sus hermanos o amigos.
Al cumplir los 14 años, sus padres le dieron la tarea de pastorear al pequeño rebaño que tenían. Cada mañana Nathan salía por el monte con todas las ovejas. Él conocía todos los senderos y sabía donde estaban los arroyos donde los pequeños animales paraban a beber agua.
Entre tanto, Nathan, como buen hombre imaginativo, mientras hacía el paseo con sus 13 ovejas, pensaba en infinitud de cosas. A veces sobre temas tan banales como lo que había ocurrido en la aldea la semana anterior y otras sobre cuestiones tan elevadas como la llegada del Mesías. Este último asunto era unos de sus favoritos. Y es que le encantaba imaginar como iba a ser. A veces, pensaba que el Redentor que esperaban iba a bajar en un carro en llamas y otras que descendería directamente del cielo deslumbrando al mundo entero. Y en alguna ocasión había llegado a pensar que Él iba a venir al mundo rodeado de un ejército de ángeles e iba a derrotar mediante la espada a los malvados e injustos.
Un buen día, volviendo Nathan de haber pastoreado, y mientras ya visualizaba su casa a lo lejos, hizo el recuento de todas las ovejas y se dio cuenta que faltaba una. Lo comprobó una segunda, tercera y hasta cuarta vez. ¡12!, ¡12! ¡Faltaba 1!
En ese preciso momento, un escalofrío recorrió el cuerpo del joven. Además empezó a notar como una angustia vital le atrapaba y le iba dejando sin aliento rápidamente, como si una serpiente se enroscara a su alrededor, apretándole el cuello con una fuerza invisible que le robaba el aire. En ese momento, un montón de posibilidades se le pasaron por la cabeza. Y en todas ellas, se imaginaba como sus padres y hermanos se iban a enfadar mucho con él.
Nathan, petrificado y sin saber qué hacer, iba escuchando una voz interior que le acusaba diciendo: «No vales ni para vigilar a unas ovejas», «después de esto tu padre jamás te va a volver a querer», «tus hermanos se van a reír de ti… «El joven, intentando contener el llanto, se creyó esas mentiras y decidió huir.