Una de las tesis más absurdas que escuché durante la carrera fue la del politólogo americano Francis Fukuyama. Este argumentó, en su libro “El fin de la historia y el último hombre”, que la lucha ideológica, a principios de los 90, ya había terminado. Explicaba que, ante la caída del muro de Berlín y la posterior desintegración de la URSS, el sistema de las democracias liberales se había impuesto y, por tanto, no habría más disputas ideológicas.
Esta tesis, con el tiempo, ha quedado muy entredicha. Primeramente, porque Fukuyama, al centrarse en una visión economicista de la realidad, obvió factores como la cultura o la religión que, lejos de diluirse con el progreso material, han demostrado una capacidad persistente —e incluso renovada— para desbordar cualquier intento de clausura histórica y reabrir, una y otra vez, las preguntas fundamentales sobre quiénes somos y hacia dónde vamos.
Además, si vamos a los casos concretos, podemos enumerar varios sistemas que, lejos de fracasar o convertirse en democracias occidentalizadas, van por caminos muy distintos, como pueden ser China, Irán o Rusia, cuyos modelos políticos y sociales parecen indicarnos que la historia aún está lejos de un último capítulo.
Pero si bien la intención de este artículo no es criticar ni desmentir las ideas de Fukuyama, como ya hicieron muchos en su día, lo que a mí más me llamó la atención fue el título que utilizó el autor. Me parecía absurdo que alguien, de una manera u otra, pudiera pensar que las ideas políticas habían llevado a una especie de realización universal.
Y, sin embargo, con el tiempo he llegado a la conclusión de que la afirmación que en su día me parecía absurda está mucho más presente en nuestras vidas de lo que llegamos a admitir. Y es que es evidente que no existe un “fin” de la historia en términos políticos, pero muchas veces vivimos pensando que existe un fin de la historia a nivel individual: un punto de llegada en el que, una vez alcanzado, la vida quedaría por fin resuelta y en calma.
Y es que son muchas las aspiraciones que uno tiene a lo largo de su vida que le prometen ser feliz cuando estas ocurran: cumplir 18 años, encontrar el amor, ponerse en forma, tener un hijo, que tu equipo gane un título, una casa grande, jubilarse… Y aunque muchas de las intenciones sean buenas y algunas de ellas muy santas, no deja de haber ahí un constante aplazamiento de una vida plena. Pero lo más curioso de todo es que, mientras la tesis de Fukuyama puede hacer reír a uno y no se tarda mucho en verle su absurdo, la idea de que la vida puede resolverse a base de metas concretas ocupa nuestros pensamientos y podemos vivir con ella toda la vida.