La tentación de lo sublime

Y es que la montaña es un espejo de la justicia fiel de Dios. Algo perenne, que perdura. Un lugar de encuentro con Dios. Un sitio en el que se une el cielo y la tierra. Un lugar sosegado donde parar y respirar.
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Joan García Almeda

Entre pinos y robles, caminos y senderos, ríos y arroyos, cimas y valles, es ahí donde aparecen las montañas. Lugares donde los perfumes huelen a plata y los silencios son oro. Imágenes que uno puede contemplar durante horas sin pestañear. Sitios que valen mucho más que un tesoro.

Y a pesar de esto, los montes son por algunos despreciados. Y sinceramente, no creo que estas personas no sepan apreciar la hermosura de la naturaleza. De hecho, todo lo contrario. El corazón, si no está muy endurecido, se conmueve ante lo bello, lo bueno y lo verdadero. Pero muchos, por frecuentar poco estos lugares, no valoran lo suficiente el don de las montañas.

En el otro extremo, están las personas que divinizan los montes. Son quienes, ante un regalo, se quedan fascinados con el envoltorio y no aprecian realmente el interior. Muchos de estos están embriagados de un extraño licor de animismo y panteísmo. Suelen adorar con todo su ser a un falso dios.

Y en esta falsa dicotomía de visiones, entre quienes no son capaces de valorar la creación de Dios y quienes son incapaces de llegar a Dios a través de la creación, las Sagradas Escrituras nos regalan la luz necesaria para esclarecer este asunto.

En la Biblia encontramos cómo la montaña es presentada como un lugar donde se refugia el justo, como Lot, que fue allí cuando era perseguido. Y en los salmos se menciona cómo los pájaros también huyen al monte a refugiarse. Hoy en día pasa lo mismo. Lo que ocurre es que ahora a «refugiarse en el monte» se le llama «desconectar», y la gente acude a los árboles no porque alguien los persiga, sino porque huyen de la vorágine de la ciudad.

Y es que la montaña es un espejo de la justicia fiel de Dios. Algo perenne, que perdura. Un lugar de encuentro con Dios. Un sitio en el que se une el cielo y la tierra. Un lugar sosegado donde parar y respirar.

Pero, por otro lado, la tentación de divinizar los montes es alta. Por eso es necesario recordar que estos no son más que una creación de Dios. Un destello de su amor. Pero en ningún caso, algo de lo que esperar la salvación.

Dios es el Dios de las montañas. Y esto se nos recuerda constantemente en los salmos: «Antes de que nacieran las montañas, tú eras Dios eternamente» o «Montañas, bendecid al Señor».

En conclusión, al que no aprecia la belleza de la naturaleza, le animaría a que le diera una oportunidad. A que la descubriera, le diera tiempo y la degustara. Y al que puede tender a divinizarla, le invitaría a que levantara sus ojos a los montes, y que ante tal maravilla pensara que hay algo mucho más grande, imponente y bello, que hizo el cielo y la tierra, y que siempre que lo necesite, le auxiliará.

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