Existen diferentes tipos de sonrisas. Y aunque no pretendo categorizarlas, sí quiero describir algunas. Mientras unas nacen de manera súbita, ante un suceso gracioso, pero tal y como vienen se desvanecen. Otras podríamos definirlas como «sonrisas sociales»: aquellas que aparecen en un ascensor o al entrar en una tienda. Y hay sonrisas irónicas que, con el propósito de humillar, pueden llegar a matar.
También sonrisas virtuosas. No brotan de manera espontánea, sino que nacen de la voluntad. Son aquellas que uno ofrece al otro aun cuando el ánimo no acompaña o el cansancio pesa sobre el rostro. En esos casos, la sonrisa se convierte en un pequeño acto de generosidad: un gesto humilde mediante el cual alguien decide, aunque sea por un instante, olvidarse de sí mismo para regalar al prójimo un esbozo de amor. Quizá no sean sonrisas perfectas, pero precisamente por eso contienen algo profundamente humano.
Y existe otra sonrisa que no pertenece a ninguna de las ya mencionadas. Una sonrisa que, pese a no ser usual, todos hemos recibido alguna vez.
El otro día, mientras la lluvia del último artículo volvía a caer, viajaba yo en un tren. Mientras iba pensando en mis cosas, en un abrir y cerrar de puertas me di cuenta de que mi pobre paraguas se había quedado enganchado entre la compuerta y el vagón. En ese momento, empecé a forcejear intentando salvaguardar el último ápice de dignidad que a uno le puede quedar ante una situación así de ridícula.
Cuando al fin logré rescatarlo, me di cuenta. En frente de mí. Una chica con ojos azules gigantes. No dijo nada. Simplemente sonrió. Fue una sonrisa limpia, sin juicio ni burla. Una sonrisa que parecía aparecer ante mí como un refugio en mitad de la tormenta. Una sonrisa que me justificó y que parecía entender y acoger mi fragilidad humana.