«Criaturas todas del Señor, bendecid al Señor»

Bendecir. Es decir, «decir bien» y hasta donde tengo entendido solo los humanos tienen la capacidad de hablar. Entonces, ¿cómo puede toda la naturaleza, los animales, la vegetación, el sol, los ríos... bendecir al Señor como exige el canto?
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Esteban Gimenez

«Criaturas todas del Señor, bendecid al Señor». Así empieza el cántico de los tres jóvenes, donde verso tras verso aquellos tres hombres imperan a la naturaleza a bendecir al Señor.

Lo podríamos considerar además como uno de los recurrentes dentro del oficio de lecturas, al ser recitado muchos domingos y en la mayoría de fechas festivas. Esta habitual recurrencia, su característico ritmo y haberlo cantado desde la infancia, lo hacen un cántico personalmente muy familiar. Y debe ser su aspecto familiar el que ha provocado que lo recordara mientras contemplaba la naturaleza hace unos días.

Este verano he tenido la suerte de viajar al sur de África y visitar el río Chobe, uno de los más grandes del continente y que alberga una gran variedad de fauna: desde grandes mamíferos como elefantes e hipopótamos hasta cientos de especies de aves. Envuelto en una frondosa vegetación, este lugar se convierte en un verdadero espectáculo para visitar.

Mientras recorríamos el río en lancha, el sol empezó a ponerse, permitiéndonos apreciar lo que hacen siempre los atardeceres de lugares espectaculares: hacerlos todavía más espectaculares. Y fue en esta contemplación silenciosa cuando acudió a mi mente el cántico de los tres jóvenes.

«Criaturas todas del Señor, bendecid al Señor», recitaba para mí. Bendecir es un verbo muy humano. Bendecir. Es decir, «decir bien» y hasta donde tengo entendido solo los humanos tienen la capacidad de hablar. Entonces, ¿cómo puede toda la naturaleza, los animales, la vegetación, el sol, los ríos… bendecir al Señor como exige el canto? La naturaleza, la creación, bendice al Señor porque dice bien de su creador. La creación dice bien del Señor porque es bella. Y siendo bella en sí misma es más bella cuando uno la contempla conociendo al autor, conociendo su única motivación, el amor. Lo mismo ocurre con una obra de arte: uno aprecia más la obra cuando descubre al artista, la técnica utilizada, el significado de los colores o incluso el contexto histórico que la envuelve.

Y no hace falta viajar al corazón de Botswana para dejarse fascinar por la obra de Dios, para admirar su belleza y apreciar la bendición de su creación. Los paisajes de Botswana son algunos de ellos, está claro, pero ni mucho menos los únicos. Ciertamente, vivimos rodeados de piezas de arte de este autor que es Dios y el verano es un museo que alberga muchas de ellas. Una de las colecciones artísticas, además, que más me paro a visitar. Porque el verano es una galería de fácil acceso: es una pausa en nuestra rutina, una temporada donde, ajenos de las preocupaciones del día a día, se nos brinda la oportunidad de deleitarnos de la creación de Dios. Las vistas que ofrece la montaña cuando se sube un pico, la inmensidad del universo al contemplar las estrellas o incluso la calidez de una cena al aire libre iluminada por los últimos rayos del sol, son algunas de las obras que se pueden encontrar en dicha galería de arte. Y como pasa con Caravaggio o Velázquez, cada uno tiene sus obras favoritas, pero en el caso de nuestro autor todas trascienden a lo mismo, sentirse amados al encontrarnos con ellas.

Es cierto que el verano es un museo de fácil acceso donde muchos años acudimos casi sin darnos cuenta y que debemos seguir visitando si con ello nos vemos amados por Dios. Pero cabe recordar que las exposiciones de Dios están abiertas las 24 horas del día los 365 días del año, son gratuitas y están por todas partes.

Hace unos días escuchaba Nana Cruel, una canción de Robe que recomiendo encarecidamente. En un momento dado el cantautor habla sobre el sentido de la vida y sobre él dice textualmente: «y busco en los colores del atardecer y no la encuentro». Y no es que Robe esté equivocado, simplemente no debe conocer al artista detrás de tal espléndida obra.

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