Desde pequeños nos enseñan que existen dos caminos: el del bien y el del mal. Por un lado, está el camino de la vida, aquel que lleva a practicar la misericordia, la caridad y la justicia, y que busca la verdad y la paz. Por otro lado, está el camino del mal, el de la perdición, el que siguen los malhechores y los malvados y por el que tantas veces hemos decidido transitar.
Ante esta disyuntiva, ante estos dos caminos, el cristiano tiene una única arma que le ayuda a saber cuál escoger: el discernimiento. El discernimiento es lo que distingue al cristiano. Gracias a él, podemos reconocer cuál es la voluntad de Dios. Mediante el discernimiento, el cristiano aprende a elegir entre lo bueno y lo malo, pero también entre lo bueno y lo mejor, algo que a veces resulta incluso más difícil de distinguir.
Sin embargo, hay una situación que puede resultar aún más angustiosa para el cristiano. Y no hablo de saber distinguir entre el bien y el mal, ni siquiera entre el buen camino y el mejor. Me refiero a aquellas situaciones en las que parece que no hay camino alguno.
La aparente falta de un camino que recorrer puede llevarnos a caer en una profunda angustia. Y es normal. No saber cuál es el plan, ver todos los caminos cortados o no encontrar un destino hace que nuestra peregrinación por este mundo se vuelva más difícil.
Esta sensación puede aparecer en nuestra vida de forma repentina, tras un acontecimiento inesperado: ser despedidos del trabajo, sufrir un cambio brusco de planes, perder a alguien cercano o vivir cualquier otra situación que rompa con aquello que habíamos previsto.
Ante estas circunstancias, al ver que el camino por el que avanzábamos parece desvanecerse, podemos llegar a pensar que nos hemos quedado sin ninguno. Y es entonces cuando puede aparecer la desesperanza: la sensación de que Dios se ha olvidado de nosotros y de que ya no hay ningún plan para nuestra vida.
Pero nada más lejos de la realidad. Cuando nos encontramos en una situación así, debemos recordar que Dios siempre va por delante. Aunque momentáneamente no sepamos qué camino seguir, lo mejor que podemos hacer es caminar con Él; es decir, dejar que se ponga al frente y confiar en que abrirá el camino. Un ejemplo claro de ello es la liberación del pueblo de Israel de Egipto. Allí donde no parecía haber salida, el Señor hizo del mar un sendero.
Así que, si te encuentras atrapado entre el ejército enemigo y el mar, si no sabes adónde ir, si has perdido toda esperanza, deja que Dios marche contigo. Él abrirá el camino. Y recuerda: no ver el camino en este momento también forma parte del camino. Y en esta peregrinación hacia el cielo, tu Padre te dará lo que necesites y mucho más.