En un mundo supuestamente ateo, donde la productividad es considerada un dios supremo, el éxito no es discutible y el descanso no está permitido.
Y es que el ritmo de nuestras vidas es frenético. Al caminar por la calle tienes que esquivar bicis con maleteros amarillos que tratan de llegar, a toda prisa, a su destino antes de que se enfríe la comida de ejecutivos que trabajan hasta altas horas de la noche.
Vivimos agobiados con el único objetivo de producir y ser eficientes. Y esto, que de por sí no es malo, si se convierte en lo más importante de nuestras vidas, es una soga que nos va apretando poco a poco.
Y ante esta aplastante cultura del no parar —basada en salir tarde de la oficina, agarrarse a promesas que nunca llegan y cenar una smashburger el fin de semana como premio de consolación— aún podemos rescatar algo del antiguo orden.Un respiro, una pausa. Quizá un refugio antiguo donde pasar la tormenta. Y esa, quizá, sea la siesta.
La siesta no es fruto de la pereza, sino del trabajo. No es un huir, sino un volver. Un acto de desobediencia en medio de un mundo que ama el agotamiento.
La siesta puede ser breve o larga, en un sofá o en una cama, en verano o en invierno. Pero lo que está claro es que a muchos esto nos puede quedar lejos. Nuestras circunstancias, a menudo, no nos lo permiten, al igual que: comer en casa, sobremesear o conciliar la vida laboral con la familiar.
Pero esto, lo único que nos muestra es cómo la modernidad trata de arrebatar la vida buena.Pero, aunque llevar una vida así sea cada vez más difícil, no por eso tenemos que dejar de reivindicarla. Así que: frente al postureo, la intimidad no rentable;frente a la comida a domicilio, la cocina de siempre;frente a la prisa, la pausa;y frente al sueño americano, la siesta española.