¿Y la lluvia qué?

Ya lo había entendido. La lluvia también era eso. No sé si por su constante crepitar, por ser quien alimenta a los océanos o por ser una magnífica compañera de sueño. Pero lo que sí es evidente es que hipnotiza por su constancia, no por sorprenderte.
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Joan García Almeda

Encerrado en casa, en un día lluvioso, iba yo mendigando a alguna musa un tema de inspiración sobre el que escribir. Las ideas no llegaban y tenía la sensación de que la pantalla en blanco estaba empezando a reírse de mí.

En una de estas, mi madre, al verme con la típica crisis existencial del escritor que no sabe sobre qué escribir, con su habitual ternura minimalista me espetó:
—¡Escribe sobre la lluvia!

Lo que le contesté no suena literario, pero ya os digo yo que no me gustó. Así que, con cierta resignación, me volví a mi cuarto, donde la pantalla blanca me esperaba para proferirme algún que otro insulto.

Mientras observaba a través de la ventana cómo el agua caía finamente desde el cielo, me vino a la cabeza algo que mi padre siempre me decía:

“Existen tres tipos de fenómenos que hipnotizan a cualquier ser humano: una hoguera, las olas del mar y un cielo estrellado.”

Y cuando estaba aplaudiendo en mi interior la sabiduría de mi padre, algo dentro de mí me hizo volver a mí. Me hizo volver a la lluvia, a mi habitación, a mi falta de inspiración, a mi realidad.

Y en esa apagada habitación me quedé pensando en la hoguera, el mar y el cielo. Tres fenómenos que, por su naturaleza espectacular, dejaban a todo hombre mínimamente sensible absorto.

Pero ¿y la lluvia qué?

Ya lo había entendido. La lluvia también era eso. No sé si por su constante crepitar, por ser quien alimenta a los océanos o por ser una magnífica compañera de sueño. Pero lo que sí es evidente es que hipnotiza por su constancia, no por sorprenderte.

Es algo que te obliga a parar. A quedarte en casa. Te deja solo, ahí, con tus pensamientos.

No diré nunca que mi padre se equivocaba. ¡Jamás! De hecho, tenía más razón que un santo. Pero sí sé que, cuando repita orgulloso una de sus perlas que nos dejó como herencia, me acordaré de mi madre y diré:

“…aunque la lluvia no está mal.”

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