Mi amigo Miguel

A decir verdad, Miguel es un tipo un tanto curioso. Suele acostumbrar bares y peleas desde bien joven y eso lo ha llevado incluso a ser excomulgado por el mismísimo Papa. El caso es que se trata de una persona que me sorprende cada vez más.
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Teresa Gimenez

Tengo un amigo que quizás conocéis, o al menos de oídas. Su nombre es Miguel, pero de su apellido todavía no consigo acordarme… Lo conocí cuando tenía trece años y desde entonces siempre me ha fascinado. Él es italiano y vive en Roma, y por ello este verano he vuelto a visitarlo un par de días.

A decir verdad, Miguel es un tipo un tanto curioso. Suele acostumbrar bares y peleas desde bien joven y eso lo ha llevado incluso a ser excomulgado por el mismísimo Papa. El caso es que se trata de una persona que me sorprende cada vez más. A pesar del tipo de estilo de vida que lleva, sabe descifrar y explicar los Evangelios de una manera que jamás he visto. Miguel logra que haga mías las palabras de la Biblia.

Este julio me ha vuelto a llevar a la Iglesia de San Luis de los Franceses, a pesar de que le insistiera en que ya había estado muchas veces. Aun así, cuando entré y me acerqué a una de sus pinturas me sorprendí. Sentada a la mesa, junto a la figura de San Mateo, me descubrí allí representada. ¿Cómo era posible? ¿Por qué estaba pintada en un cuadro que narra un hecho que ocurrió hace siglos? Y, sin embargo, allí estaba yo. Con la cara toda iluminada porque reconocía la presencia de Cristo, de Aquel del que se me ha hablado desde pequeña. Aparecía sentada, agarrada a una silla dudando de si seguirlo o no, de si responder a esa llamada que se me hacía a mí también. Salí de la Iglesia asombrada, pidiéndole al Señor que me concediera hacer como san Mateo, levantarme y seguirlo.

¡Ay! Lo acabo de recordar, mi amigo se llama Michelangelo Merisi da Caravaggio.

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