Entre el cine y la conspiración

¿Paranoia? Tal vez. ¿Estrategia de manipulación mental? Puede ser. ¿Una coincidencia cultural? Quién sabe. Pero la próxima vez que veas algo “demasiado loco” en una serie o una película, quizás valga la pena preguntarse: ¿y si esto no es una advertencia… sino un ensayo general?
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Gonzalo Michavila Fernandez

«Si quieres esconder un secreto, ponlo delante de los ojos de todos», decía una máxima atribuida a Oscar Wilde. Y algo de eso hay en lo que algunos llaman primado negativo.

El término suena a cosa de filósofos o científicos del comportamiento, pero en realidad, la idea es sencilla: consiste en mostrar una verdad disfrazada de mentira para que, cuando aparezca en la realidad, nadie la tome en serio. Se planta la semilla, pero en tierra estéril. O mejor dicho: se vacuna la mente contra la verdad, exponiéndola primero como ficción, exageración o simple fantasía.

En otras palabras, el primado negativo es decir la verdad, pero envuelta en risa, ridículo o ciencia ficción, para que cuando ocurra, parezca imposible.

Un ejemplo clásico: las películas de Hollywood sobre extraterrestres. Décadas de invasiones, naves nodrizas y criaturas verdes con tentáculos han servido, en teoría, para desensibilizarnos. Así, si algún día el gobierno de Estados Unidos dice que hay vida inteligente fuera de la Tierra (como, de hecho, ha comenzado a insinuar), mucha gente simplemente alzará las cejas y dirá: “Bah, eso ya lo vi en ‘Men In Black’”. Porque la mente ya asoció esa imagen a la ficción. A la broma. Y, por lo tanto, ya no se activa el sistema de alarma mental. Lo hemos visto tanto, tan exagerado, que ya no lo creemos posible. El truco está en mostrártelo… antes de tiempo.

Otro caso: el control social por medio de la tecnología. En series como Black Mirror, nos reímos o nos horrorizamos con mundos en los que los ciudadanos son evaluados con puntuaciones, en donde las redes sociales determinan la vida de una persona, o en donde una inteligencia artificial regula las relaciones humanas. Pero muchas de esas ideas ya existen, aunque en versión beta: en China, por ejemplo, el “sistema de crédito social” ya decide quién puede volar, alquilar una casa o acceder a ciertos servicios. En Occidente, aún no lo llamamos así, pero vivimos pegados a algoritmos que deciden qué vemos, a quién escuchamos, cómo compramos y con quién salimos. La diferencia es que cuando sucede en la pantalla, es ficción. Cuando sucede en la vida real, es “progreso”.

También ocurre en la política. Se nos presentan dictaduras disfrazadas de utopías en novelas distópicas: 1984, Un mundo feliz, V de Vendetta. Y, sin embargo, cuando aparecen medidas similares en el presente —vigilancia masiva, manipulación de la información, reescritura de la historia—, muchos las ven como necesarias, incluso inevitables. Ya no suenan tan radicales. Porque ya fueron “ensayadas” en la mente colectiva como exageraciones literarias. El terreno ya estaba abonado.

¿Y por qué funciona? Porque la mente humana se protege del trauma. Si una verdad nos resulta demasiado chocante, demasiado diferente a lo que creemos del mundo, preferimos descartarla. Y si ya la hemos visto mil veces en películas, juegos o novelas, es más fácil decir: “Eso solo pasa en la ficción”. El primado negativo actúa como un filtro. No evita que veamos algo. Lo que hace es condicionarnos a no creerlo, incluso cuando lo tenemos delante.

¿Paranoia? Tal vez. ¿Estrategia de manipulación mental? Puede ser. ¿Una coincidencia cultural? Quién sabe. Pero la próxima vez que veas algo “demasiado loco” en una serie o una película, quizás valga la pena preguntarse: ¿y si esto no es una advertencia… sino un ensayo general?

Porque como ya sabían los griegos en sus tragedias: la mejor forma de esconder una verdad es convertirla en espectáculo.

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