La contrarrevolución de la siesta
En un mundo supuestamente ateo, donde la productividad es considerada un dios supremo, el éxito no es discutible y el descanso no está permitido.
Y es que el ritmo de nuestras vidas es frenético. Al caminar por la calle tienes que esquivar bicis con maleteros amarillos que tratan de llegar, a toda prisa, a su destino antes de que se enfríe la comida de ejecutivos que trabajan hasta altas horas de la noche.
Vivimos agobiados con el único objetivo de producir y ser eficientes. Y esto, que de por sí no es malo, si se convierte en lo más importante de nuestras vidas, es una soga que nos va apretando poco a poco.
Y ante esta aplastante cultura del no parar —basada en salir tarde de la oficina, agarrarse a promesas que nunca llegan y cenar una smashburger el fin de semana como premio de...








