Hace un tiempo tuve cita con mi médico para una revisión sobre un problema de salud que no viene al caso. Para vuestra tranquilidad, nada grave. La cosa es que, tras realizarme un estudio genético para identificar el tipo de dolencia que padezco, el análisis concluyó de manera incierta. Es decir, que la prueba no supo concretar qué tipo de dolencia padezco.
La verdad que ese estudio genético no diera resultados claros no supone mucho, pero fue entonces cuando me percaté de que a la doctora sí parecía importarle.
Unos minutos después, se sinceró y comentó que saber la clase de patología era algo muy bueno «para los hijos». Y yo, ahí, me preocupé. Me agarré fuerte a la silla. Un sudor frío me recorrió el cuello. ¿Qué quería decir con los hijos? ¿No iba a poder tener hijos?
Nada de eso. Al preguntarle a la doctora a qué se refería con eso de los «hijos», me explicó que el estudio genético permite poner nombre y apellidos a la afección que uno tiene. Y eso es crucial para que, en un futuro, mediante procesos in vitro, se puedan detectar qué embriones portan esa enfermedad y así poder descartarlos.
Al escuchar eso, me tranquilicé y, con una risa medio aliviada, medio irónica, contesté que eso no era importante para mí, ya que jamás contemplaba esas opciones.
Con el tiempo, vi, gracias a la luz de otras personas, que lo que insinuó mi doctora, sin darse cuenta, es que las personas que sufran esa patología deben ser descartadas. Y con esa afirmación, ella, sin darse cuenta, me descartaba a mí. A mí, que sí la tengo.
Y eso me ayudó a ver que con el aborto o la eutanasia se decide qué vidas merecen ser vividas y cuáles no.
¿Pero eso por qué?
Bajo la visión eugenésica del mundo de hoy hay detrás una gran mentira que afirma que es imposible vivir feliz si existe el sufrimiento. Que vivir en plenitud es imposible si existe el dolor. Y para ellos es impensable que una persona que tenga una enfermedad, leve o grave, pueda ser feliz.
No los juzgo. Yo también me escandalizo del sufrimiento a veces. ¿La diferencia? Ninguna. Bueno, sí, una: yo he escuchado mil veces una frase que salió de la boca de alguien a quien admiro mucho: «El gran drama de este mundo no es sufrir, sino sufrir sin sentido».
De cuando me descartaron
No los juzgo. Yo también me escandalizo del sufrimiento a veces. ¿La diferencia? Ninguna. Bueno, sí, una: yo he escuchado mil veces una frase que salió de la boca de alguien a quien admiro mucho: «El gran drama de este mundo no es sufrir, sino sufrir sin sentido».
Joan García Almeda
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