A pesar de ser de la generación Z, mi quinta tuvo la suerte de disfrutar del mundo analógico, aunque solo fuera de sus últimos coletazos. Durante mi infancia, internet aún era algo a lo que acceder a través de un ordenador de sobremesa y los móviles aún servían para llamar.
Otra consecuencia de haber vivido en una época en la que todo lo online parecía extraño es que para ver una película la necesitaba tener físicamente. Es decir, si veía una película era porque había tenido la fortuna de que mis padres me compraran el VHS (o DVD) o que un buen amigo me prestara uno.
El caso es que las películas que veía eran algo limitado. Uno no disponía de un catálogo infinito del cual escoger, sino que veía lo que tenía. Y esto provocó que, como muchos, las viera una y otra vez, aprendiendo también diálogos memorables
Tuve la inmensa suerte de que una de las cintas que cayó en mis manos fue la adaptación de Robin Hood que hizo Disney. Y, ciertamente, no podía dejar de verla. Todos los personajes, la temática y la trama me cautivaban.
A todo esto, el otro día, me entró nostalgia recordando esa película. Así que la vi. Y si algo bueno tiene volver a ver algo con el paso de los años es que uno se percata de ciertas cosas que nunca antes había apreciado. Por eso, lo que me sorprendió esta vez no eran los personajes o la ambientación (que me siguen fascinando), sino los valores que transmite.
A través de las risas entre Robin Hood y Little John, y las posteriores lágrimas de este último, pensando que su mejor amigo había muerto, se me mostró lo que es la amistad virtuosa y lo bello que es este don, a pesar de que muchas veces no sea perfecta.
Los habitantes de Nottingham, a través de cómo se querían los unos a los otros, me hicieron aprender sobre el bien común y sobre cómo en la comunidad no hay nadie tan débil que sobre ni tan lento que no haya que esperarlo.
Gracias a la actitud despótica del príncipe Juan y a la esperanza del pueblo en el regreso del rey Ricardo se me enseñó a no quedarme indiferente ante la injusticia y a obedecer a la recta autoridad.
Asimismo, cuando Robin Hood dice: «Marian, querida, te amo más que a mi propia vida», comprendí cómo los maridos deben amar a sus mujeres. Y esto es, como hizo Jesucristo, entregando la vida.
Quizá, como he dicho al principio, si veía repetidamente las películas de mi infancia era por la falta de posibilidades. Pero lo que sí sé, seguro, es que lo que me hace volver a ellas no es la nostalgia, sino su mensaje verdadero y perenne.