Hace poco más de 24 horas que nuestro presidente, Pedro Sánchez, ha vuelto de vacaciones. Cuando uno empieza a trabajar después de unos merecidos días de descanso, tiene el riesgo de caer en el síndrome posvacacional. Este fenómeno aparece al volver a la rutina laboral. Las manos teclean más lentas, la cabeza no es tan ágil y hasta las tareas más sencillas y rutinarias se vuelven toda una odisea.
Por ello, recomiendan los médicos que durante esos días uno haga una incorporación gradual: que se trabaje de manera suave y progresiva, que uno empiece por las tareas más sencillas y que se ponga metas realistas. Por ello, Pedro Sánchez, imagino que asesorado por el comité de expertos que asistieron al Gobierno durante la pandemia, le habrán dicho precisamente eso: que se lo tome con calma.
Y con esto de empezar sosegadamente y de manera ligera, Sánchez dio su primera entrevista en un sitio que conoce bien, poco hostil y donde sabe que va a poder regresar de sus vacaciones sin marearse ni sufrir estragos. La SER. O, dicho de otro modo, el patio trasero de su casa.
Esta puesta en escena de Sánchez dio muchos titulares. El más mediático fue su ataque al Rey. Con ganas de desviar el foco de atención sobre Ceuta y su no gestión de la crisis, Pedro Sánchez atacó al Rey, alegando que él no ha ido en los 20 años que lleva reinando. Les digo una cosa: si el entrevistador hubiese sido yo, tampoco habría caído en que el Rey lleva 12 y no 20 años reinando. ¿Se imaginan la vergüenza que pasaría si, ni más ni menos, el presidente de España me viese sumar y restar con los dedos?
Dicho esto, y habiendo confesado mi animadversión por las matemáticas, lo que a mí me chocó de la entrevista ocurrió en otro momento. Cuando Sánchez hablaba de su Gobierno, dijo que un pilar de su legislatura era hacer crecer la economía a base de traer inmigrantes.
Si bien el Gobierno de Pedro Sánchez es conocido coloquialmente como el Gobierno Frankenstein, su plan económico tampoco se queda corto. Detrás de sus políticas convergen dos realidades que, a algunos, nos hacen tirarnos de los pelos.
Como ya he señalado, el Gobierno pretende inflar las cifras macroeconómicas de la economía a base de incorporar mano de obra extranjera para desempeñar trabajos poco cualificados. ¿La excusa? Que los españoles no quieren hacer esos trabajos. ¿La realidad? Que los españoles no quieren ser explotados.
Y aquí es donde aparece una de las grandes contradicciones de nuestro tiempo: el progresismo y la derecha liberal han terminado tejiendo una alianza de facto con el gran capital. Si un español no está dispuesto a aceptar un empleo precario, mal pagado o con unas condiciones que no le permiten vivir dignamente, no hay problema: siempre habrá alguien con menos recursos que estará dispuesto a hacerlo.
Todo ello, eso sí, convenientemente envuelto en un suave barniz de buenismo. El discurso se presenta como una cuestión de solidaridad, integración y oportunidades para el inmigrante, cuando en demasiadas ocasiones lo que se está ofreciendo es, simplemente, mano de obra barata para maximizar los beneficios de las grandes corporaciones, mientras que el mercado de la vivienda y los servicios públicos se colapsan, la clase media se empobrece y se desincentiva la innovación.
Lo expresó Isabel Díaz Ayuso con una frase que resulta especialmente reveladora: «alguien tendrá que limpiar sus casas». Pero cabe preguntarse qué clase de integración estamos defendiendo cuando la única expectativa que ofrecemos a quien llega de fuera es que ocupe aquellos puestos que los españoles ya no están dispuestos a aceptar.
Porque, si de verdad les importaran las personas inmigrantes, aspirarían a que pudieran progresar, formarse y acceder a empleos cualificados; a que sus hijos tuvieran mejores oportunidades que ellos; a que su integración no consistiera en convertirse en una reserva permanente de trabajadores semi explotados.
El problema de fondo es construir un modelo económico que necesite que una parte de la población —sea española o extranjera— acepte vivir de trabajos precarios, compartiendo piso con cuatro familias más y aspirando algún día a comprar un patinete eléctrico.