Teología del poder: De Lutero a Trump

Lo que Trump, o el establishment americano (mayoritariamente protestante), aún quizá no ve es que el católico no está llamado a subordinarse a ningún gobernante, sino solo a Dios. Y, si bien debe procurar ser buen ciudadano, sabe perfectamente que es católico (que significa universal) antes que americano, español o chino.
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Joan García Almeda

En las últimas horas Donald Trump, presidente de los Estados Unidos, ha montado unas de sus habituales rabietas a través de su red social. Esta vez, su ira se ha dirigido, nada menos, que contra el papa León XIV.
En esta ocasión el magnate americano ha criticado al Pontífice por su postura en contra de la guerra de Irán, por tildar de “inaceptables” las amenazas sobre exterminar a una población entera y por afirmar que “Dios no bendice ningún conflicto”.

Esta controversia va más allá de una mera discusión entre dos políticos. En primer lugar, porque el Papa León XIV no es un político, sino el vicario de Cristo en la tierra. Y, en segundo lugar, porque detrás de este ataque se resume siglos y siglos de debate, en especial entre católicos y protestantes, acerca del poder y su autoridad.

Lutero y el nacimiento de una nueva autoridad

Durante el siglo XVI, época muy convulsa y de grandes cambios, Martín Lutero redactó y publicó 95 tesis, desafiando la doctrina de la Iglesia católica y formalizando un cisma que removería los cimientos de la cristiandad. En estas tesis que difundió Lutero se encontraban cuestiones morales, doctrinales o éticas y supuso un auténtico desafío a la autoridad universal de la Iglesia.

Más adelante, Lutero afirmaría en uno de sus escritos sobre la autoridad secular que todo poder que hay en la tierra lo ha dispuesto Dios y por ello se exige obediencia a los súbditos y no ofrece posibilidad de resistencia a dicho poder. De hecho, fue Lutero quien prohíbe al campesinado rebelarse ante el mal gobernante. Una visión que choca frontalmente con la católica, que de manera meticulosa afirma un derecho de resistencia ante la opresión cuando el gobernante se vuelve ilegítimo.

Predestinación y el destino manifiesto

Juan Calvino, quien fue un teólogo, pastor y filósofo francés y considerado como uno de los autores y gestores de la Reforma protestante, defendió como una de sus tesis principales la predestinación. Este concepto, en la práctica, significaba que todas las personas nacían ya predestinadas a ir al cielo o al infierno. Es decir, Dios te podía haber creado y sentenciado al infierno desde antes de nacer.

¿Y cómo podía uno saber si estaba salvado o condenado si no importaban ya las obras? Sencillo: para Calvino, para identificar si uno estaba predestinado a ir al cielo debía observar en su vida signos de gracia divina. Estos signos eran indicios que los creyentes interpretaban como posibles señales de estar entre los elegidos. ¿Y cuáles podían ser estas señales? Pues, aparte de vivir de manera moral y de fe, también la productividad, el éxito y la riqueza.

Más adelante, esta idea de la predestinación, tan presente en la mentalidad protestante, dio un paso más. Los colonos ingleses que llegaron a Estados Unidos desarrollaron el concepto del “destino manifiesto”. Esta idea establecía que EE. UU. era la nueva nación elegida. Lo que para Calvino era algo individual, en EE. UU. se volvió algo colectivo. Para los americanos, este concepto supuso una justificación para expandirse hacia el oeste expulsando a quien hubiese allí.

Redentores del mundo

Hoy en día, esta mentalidad protestante en la cual Estados Unidos no actúa sino que cumple su destino sigue vigente. Si Trump decide bombardear Irán, no lo presenta como una simple decisión geopolítica, sino como una respuesta necesaria dentro de un orden moral más amplio en el que su país estaría llamado a preservar la seguridad, la libertad o incluso la civilización misma.

Es aquí donde el conflicto con el papa León XIV adquiere su verdadero sentido. Cuando el Pontífice afirma que “Dios no bendice ningún conflicto” y cuestiona la legitimidad moral de la guerra, introduce una lógica completamente distinta: una autoridad universal que no depende del poder, del resultado o del éxito histórico, sino de un principio ético que se sitúa por encima de los Estados.

Lo que Trump, o el establishment americano (mayoritariamente protestante), aún quizá no ve es que el católico no está llamado a subordinarse a ningún gobernante, sino solo a Dios. Y, si bien está llamado a ser buen ciudadano y a obedecer lo que es moralmente lícito, sabe perfectamente que es católico (que significa universal) antes que americano, español o chino. Y, viendo cómo suben las cifras de nuevos católicos en EE. UU. y cómo pronto superarán a los protestantes, les auguro un pésimo final si siguen confrontándose a la Iglesia. Y si no, que se lo pregunten al Imperio romano o a Napoleón.

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